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La mañana ha amanecido estupenda, como el resto del fin de semana que, para bien mío, lo he tenido libre.
Me gusta pasear con mi perro. Durante tres cuartos de hora disfrutamos de un paseo agradable por mi barriada y los alrededores, viendo a otras personas que hacen lo mismo, que en el parque toman el sol, que ven jugar a sus hijos o nietos, o que en una cafetería desayunan.
La ciudad se viste de luz y de sonidos agradables, en esta jornada festiva.
Unos de los lugares por los que pasamos, es un centro para mayores. Me gusta, no esta amurallado como el centro donde yo trabajo, sino que lo rodea una valla de rejilla, con lo cual te permite ver las tres partes que forman el edificio y un patio con jardines, que rebosan de rosas rojas.
Es agradable ver sentados a los abuelos con sus familiares tomando el sol. Es una escena que me da tranquilidad.
Hoy me ha sorprendido ver a unos de los abuelos que, metido en el césped con su silla de ruedas, permanecía de pie junto a la valla, y con una moneda de cinco céntimos, sacó su mano y me dijo:
- Pepiiii, ¿donde puedo comprar un café?
- Díselo a las niñas (las auxiliares) - le respondí.
- ¿Las niñas?, las niñas son unas guarras que no me dan ni agua.
Seguí mi camino pensando en que sé mucho de estas respuestas. Este abuelo, después de un baño o una ducha, trás levantarse, habrá desayunado y, según la hora a la que pasé, se habrá tomado un vaso de zumo o de limonada. Lo que no entiendo es que hacía ese hombre solo, sin vigilancia. Y no es la primera vez que veo abuelos solitarios, paseando por el patio, sin familiares, sin un auxiliar a su lado, en este centro.
Y pensé en nuestros abuelos, los que cuidamos cada día. A los que en nuestras horas de trabajo son nuestro mundo; a los que tenemos que cuidar, guiar, tranquilizar, mimar.
Pensé en mis padres, en que se me están haciendo mayores, sin darme cuenta, y en disfrutar de su compañía todo lo que pueda, y en darles todo el cariño y cuidado que se merecen.
Lola












