
Seis de la mañana. Amanece despacio. La suave luz atraviesa el cristal, recorre mi cama y de fondo el despertador. Ya en la ducha, oigo la cafetera. Siempre me gustó el olor a café recién hecho. Cierro los ojos y recuerdo mi niñez, a mi padre ...Qué lejos queda todo. El reloj me devuelve a mi realidad, se difumina de golpe mi ensueño y comienza la carrera: gente, coches, ruido, compra el periódico, preguntas al Antonio, el dependiente, ¿qué tal las cosas ...?
Sigues, atraviesas la ciudad en el bus, las mismas caras, son como de la familia, hablas con ellos, respiras su aire, pero a veces algo ocurre que te llama la atención, un gesto, una sonrisa fingida, un algo de tristeza en sus ojos y es entonces cuando en lugar de ir a lo tuyo, mirar para otro lado, preguntas, ¿qué te pasa?
Desde pequeño me ocurre. Con mis amigos, con cualquiera que se cruce, siento sus mas hondas preocupaciones, busco en el fondo de su ser a través de sus ojos. No es un don, no es magia, es fruto de años de estar callado y de observar. Sólo eso. Llegas al trabajo, las horas caen una, otra, rutina, llegas a casa ... Así día tras día. No fue desidia lo que me condujo a este remoto lugar, ni tampoco el hastío de una vida monótona, ni batallas perdidas en el amor. Sucedió algo más simple. Hace falta poca yesca para prender el fuego del desconsuelo. Ocurrió un día al levantarme. Miré por la ventana, cientos de personas deambulaban de un lado a otro, era sábado, nadie llamó para tomar café, nadie de los muchos que poblaron mi vida, nadie tocó en mi puerta, ninguno de los que alguna vez ayudé, nadie. Me contemplé en el espejo y por primera vez miré dentro de mis ojos: oscuridad y vacío. Sentí envidia de los que están solos pero que al menos se tienen así mismos. Pesaba como una losa, me iba desgarrando cada vez más. Tanto tiempo oyendo a otros y jamás ninguno preguntó ¿cómo estás, eres feliz, en qué te puedo echar una mano...?
Viajé con poco, pues nada quería de una vida que dejas. Descubrí este lugar por casualidad. Decidí mudar mis penas y olvidarlas con el olor a mar y confiar en que el viento terminara de dispersarlas.
De un tiempo a esta parte soy capaz de mirarme al espejo. Puedo ser yo sin miedos ni ataduras. Ahora soy libre.
Loli









