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Ir a ese cine de pueblo, con sus filas de sillas de enea, su gran pantalla de tela, en aquella tarde de domingo, como broche a un fin de semana.
Mis doce años, mi grupo de amigas, esperando a encontrarnos con los chicos y así, en pandilla, como cuando paseábamos por la calle principal, nos dirigíamos hacia allí. Con nuestras pipas, chupachups y regaliz. Una vez sentados, las chicas estaban delante, los chicos detrás. Entre ellos, el que te gustaba, y como eras correpondida, te sentías feliz.
La música animaba antes del comienzo de la película, y si la sesión se retrasaba unos minutos, protestas y silbidos.
Con ese nodo, que nos hacían tragar y a quien nadie interesaba, que intentabamos aguantar entre risas y comentarios. Y por fin, la película, aquella vez, El bueno, el feo y el malo. Sus personajes, sus paisajes del oeste, cabalgando a caballo sobre una tierra, ignorantes de que fuera, tan cercana a la nuestra, Almería. Y entre hombres violentos, muertes y enfrentamientos de los tres personajes, esa melodía que jamás olvidaré. Y no querías que pasara el tiempo, porque te sentías a gusto.
A la salida, solo te quedaba pensar en que al día siguiente tenías que madrugar para ir al instituto, al pueblo de al lado. Comenzaba otra semana, deseando que llegara, de nuevo, el viernes por la tarde.
Lola
