lunes, 14 de abril de 2014

Huevos de Pascua

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Era en semana santa, y era la costumbre en ese día el salir al campo a merendar. Mi madre nos preparaba la merienda: bocadillos de tortilla de patatas, fruta y un huevo duro para cada uno.  

Salíamos con los demás niños del cuartel, bajábamos hacia el río y buscábamos un lugar al lado de la ribera. Explorar los alrededores, sentir la frescura del agua, correr y jugar al escondite, abrían el apetito. Unos bocadillos que nos sabían a gloria, y el huevo duro que pacientemente mi hermana había dibujado y coloreado, y que con todo mi pesar tocaba jugar con él a hacer carreras hasta que se rompía la cáscara y había que comérselo. Tardes que se convirtieron en momentos inolvidables.

Como todos los años, cuando llegan estas fechas, en el supermercado vemos huevos de pascua de chocolate y sentí curiosidad unido al recuerdo de mi niñez, de saber el porqué de esa costumbre. 

Y es que antiguamente al llegar la Cuaresma no estaba permitido comer huevos y para conservarlos los embadurnaban con cera líquida. Al llegar la Pascua la gente regalaba huevos a sus familiares y amigos. Esta tradición se convirtió en la costumbre de pintar huevos y regalarlos.

Este año, evocando aquél bonito recuerdo, he decidido hacer mis huevos de Pascua, de manera simple, decorándolos con esmalte de uñas, que es lo que tenía más a mano, pero otros años los pintaré con temperas de colores llamativos, y será una bonita costumbre más al llegar la Semana Santa. 

Lola

viernes, 13 de diciembre de 2013

Este Jueves: Mamá, de mayor quiero ser...

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Mi hermana las llamaba larguiruchas y fue un regalo de una niña que conoció, y se hicieron muy amigas, en el nuevo puesto donde destinaron a mi padre.

Las guardaba en un maletìn negro charol. Una era rubia, esbelta, con ojos grandes y maquillados, labios rojos, unas bolitas naranjas como pendientes, y vestía un elegante traje de chaqueta y unos zapatos de tacón rojos. La otra era su hermana pequeña, y tenía una batita rosa y unos zapatitos blancos.



Venían con unas revistas pequeñas, donde se mostraba una amplia colección de vestidos y accesorios, que se podían comprar.

Elegantes vestidos de invierno y verano, preciosos vestidos de fiesta, de novia, sombreros, bolsos, guantes, collares, pendientes, gafas, zapatos...

Todo un símbolo de moda, belleza, elegancia, feminidad... 

Yo, a mis cinco años, soñaba con ser como ella, cuando me hiciera mayor.

Lola

martes, 3 de diciembre de 2013

Este Jueves... Visita al Convento



Adentrándome en el mundo de los conventos, para tener un mayor conocimiento de estos lugares, me encantaría pasar unos días descansando en uno de ellos, disfrutando del buen hacer de sus moradores, de esa tranquilidad que deben respirar y admirando su belleza arquitectónica.

Como ninguna de las historias que tenía en mente han cuajado, y estando cerca Navidad, os dejo una receta sencilla, salida del convento, que he encontrado en la red y que pienso poner en práctica. Espero que os guste.

Besos de monja


Su nombre original es beijinhos de freira, y es una receta portuguesa.

En Portugal, respecto a estos dulces, se cuenta que las monjas de Guimaraes, del Convento do Carmo, tenían por costumbre colocar en la puerta del armario, donde los guardaban, la siguiente leyenda, "Em louvor de S. Benedicto que nao venhan as formigas ca dentro" (En honor de S. Benedicto, que no vengan las hormigas aquí dentro.)

Ingredientes:

110 gr. de almendras sin piel
80 gr de agua
850 gr. de azúcar
10 yemas de huevo
Azúcar para rebozar

Picar las almendras con una picadora o batidora (también se puede utilizar almendras molidas)
Colocar en el fuego el agua y el azúcar, hasta obtener un almíbar.
Separar las yemas de las claras y reservar.
Añadir al almíbar la almendra picada y las yemas del huevo y dejar cocer unos 15 minutos, aproximadamente, hasta tener una masa consistente.
Colocar la masa en el frigorífico durante 12 horas.
Pasado este tiempo, hacer pequeñas bolas con las manos húmedas y pasadlas por azúcar y colocarla en moldes de papel para pastelitos.

Lola

martes, 26 de noviembre de 2013

Este jueves: Cementerios





Rosalinda nació en el cementerio de su pueblo, en una tarde soleada y fría de diciembre, así como no queriendo perderse el entierro del tío Frasquito.

Entre nicho y nicho, lágrimas y lamentos, su madre rompió aguas. Todo ocurrió tan rápido que sólo hubo tiempo de dejarla caer sobre la lápida del panteón más cercano.

La caja del muerto en el suelo y todos los asistentes alrededor de la parturienta, pues ninguno de ellos quería perderse tal acontecimiento.

Al mando de la chacha Faustina, y en casi tres achuchones, como quien dice, la niña vino al mundo. Sobraron abrigos para arrullar a la recien nacida. Todo eran felicitaciones para la joven madre y casi olvidaron el motivo por el cual estaban allí.

No hubo un entierro más feliz que el del tío Frasquito, porque como dice el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. 

Lola

jueves, 26 de septiembre de 2013

Este Jueves: Los Recuerdos




Trabajar en un centro para enfermos de alzheimer, no puede dejarte indiferente.

Cariñosamente lo llamamos Richi, a lo que él siempre contesta con un largo : ¿Queee?.
- Ten cuidado no te vayas a caer.
- Ten cuidado, ten cuidado, ¿es que acaso no puedo moverme?- mas inquieto que los demás, con
inestabilidad al andar, propio de su edad, nos preocupa su seguridad.

Gallego, educado y cariñoso, cuando menos te los esperas y sin que te des cuenta, se va a su habitación a coger sus gafas de sol. Se las pone cerca del cuello, en la abertura de la camisa. Y con una sonrisa y antes de que le riñas por haberse ido solo, te dice :

- Son unas gafas eBay, ¿eh?
- Sí, ya veo que son de marca. Seguro que estás guapísimo con ellas.

Me cuentan que su mujer estuvo en Estancia Diurna y, tras su muerte, un día se presentó solo en el centro, " para verla o por lo menos poder darle un beso".

Desde entonces, y después de las entrevistas correspondientes ( tampoco sé que familiares tiene ), está con nosotros.


En horas de descanso, mientras los demás se entretienen en ver la tele, el va de un lado para otro. Tan solo una vez, lo sorprendí interesado en la pantalla, viendo bailar a una pareja, un pasodoble. Su mirada fija, y una sonrisa en los labios. Pude ver como su imaginación volaba hacia ese amor de juventud, que llenó toda su vida.

De nuevo, se levanta y se acerca a la ventana. Sé, que mira mas allá de los jardines que nos rodean. Sé, que sueña en tiempos atrás, hasta donde su enfermedad le permite hacerlo. 

Y por un momento a mí se me parte el alma cuando lo veo. Y le pido a la vida poder disfrutar de mis recuerdos por mucho tiempo.

Lola

viernes, 20 de septiembre de 2013

Este Jueves: Recetas




Parece que ayer todo coincidió. Al abrir mi pagina de Facebook y ver la historia de Leonor, su participacion en los jueves con el tema Recetas, lo primero que se me pasó por la mente fue... ¡Migas!

¿Fue el deseo de participar con mi relato o el tiempo que hacía que no las comia? Ambas cosas.

Ir a casa de mis padres, y sugerirme mi madre comer migas, para almorzar, sin yo apenas mencionarlas, aumentó mi idea de hacer referencia a ello.

A la pregunta, que tantas veces le he hecho, de si ella comía migas cuando era pequeña, mi madre suele responderme...

En aquellos tiempos, no teníamos otra cosa. Comíamos migas tanto en verano como en invierno.

Desde su niñez, hasta que se casó, mi madre vivió en un pequeño pueblo de la costa de Granada, La Mamola.

Ibas por la calle y escuchabas la rasera en la sartén moviendo las migas, porque entonces, todo el mundo tenía las puertas abiertas. 
Migas y pescado asado. 

Le hago referencia al olorcito a pescado asado que habría en las casas...

Antes tenían unas buenas chimeneas y todo salía para arriba. 

Mi madre hace las migas igual que las hacía la suya.

Se necesita:

Harina de maíz.
Un vaso y medio de agua (por ejemplo, para 4 personas).
Un vaso y medio de harina.
Una medida de aceite de oliva ( mi madre tiene un vasito de cristal pequeño, que utiliza como medida para echar en las comidas).
Unos ajos partidos.

En una sartén se pone el aceite y cuando esté caliente se echan los ajos. Una vez que están doraditos, se echa el agua y la sal. Cuando el agua empieza a hervir, se echa la harina. Y así, mover hasta que se suelten solas y se abran. 

Se hacen pronto unos 15 o 20 minutos.

Un plato sabroso que, acompañado, por ejemplo, de sardinas asadas, está para chuparse los dedos.

Lola Polo