jueves, 29 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Fiestas

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Aquí, en San Fernando, como en casi todos los pueblos de la costa, la feria tiene lugar a mediados de julio, cuando se celebra su patrona, la virgen del Carmen.

No es que vaya todos lo días, no. Vamos un día, como mucho dos, pero me gusta, porque esta recién estrenado el verano, porque me apetece formar parte de la gente que va pasar un rato por alli. Me encanta el alumbrado, esas miles de lucecitas multicolores que adornan el recinto. Me entusiasma ver cómo están engalanadas la casetas, con sus techos llenos de farolillos de colores, con su música de sevillanas, con ese olor a pescaíto frito, a tortillita de camarones, a pimientos fritos, a tortilla de patatas...

Cuando era niña, las fiestas significaban estrenar vestido, ir a montarte en las atracciones y corretear por la noche de un lado para otro mientras la gente bailaba al son de la banda de música, en la plaza mayor. De adolescente, era una oportunidad de quedarte hasta más tarde, de disfrutar más con tus amigas, de ir arreglada todos lo días, de conocer a chicos de otros pueblos o de estar más tiempo con el chico que te gustaba.

Cuando estás casada y tienes hijos pequeños, te ilusiona observar sus caritas, viendo como dan vueltas montados en un coche de bomberos o en una diligencia del Oeste. Les compras algodón de azúcar, o una bolsa de patatas fritas recién hechas, o pruebas suerte en la tómbola, donde espera ese oso de peluche tan grande de color azul.

Pasan los años y si trabajas y no estás de vacaciones durante esos días festivos, vas un día para hacer acto de presencia y los demás te limitas a quedar en la puerta principal de la feria, para llevar o recoger a tus hijos, ya adolescentes.

Sólo un año de los que llevo viviendo en San Fernando - y ya son muchos - disfruté de la feria, o al menos lo que yo entiendo por disfrutar de ella. Compartir esos momentos con unos amigos, beber en su justa medida y bailar, todo lo que se pudo bailar, sevillanas, salsa, rumbas, música disco, hasta esos bailes dirigidos por la orquesta en la que haces el ridículo, pero en los que más te ríes.

Sin planear nada, y así un día tras otro, disfrutamos de la mejor feria que he pasado nunca. Y todo eso fue posible gracias a mi marido, a mi amiga Leonor y a su marido, a mi hija y a su amiga Sandra, que se unieron a la fiesta para luego irnos juntos a casa.

Nos divertimos muchísimo, bailamos, reímos y en verdad que fueron días inolvidables.

Este año estaré de vacaciones por esas fechas. Primero pasaremos unos días en Italia y más tarde, antes de incorporarme al trabajo, intentaré pasarlo lo mejor posible los primeros días de feria. Iré con mi familia a cenar a una caseta. Desde allí volveremos a casa paseando tranquilamente y gozando de la noche.

Lola




jueves, 22 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Déjà vu

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San Fernando. Cádiz

Aún recordaba aquella vez cuando, al pasar por aquel lugar, le vino ese intenso olor a rosas amarillas unido a un delicioso sabor a tarta de manzana y el sonido de una voz infantil. Y como había respirado profundamente como si quisiera detener ese instante o algo le hiciera volver atrás en el tiempo.

Provenía de aquella casona de principios del siglo XVIII,  de grandes ventanales y hermosos balcones, con algunos cristales rotos, las rejas oxidadas y fachada pardusca que, a pesar de su total abandono, aún conservaba ese aspecto de majestuosidad.

Desde entonces se sentía unida, como si formara parte de ella. Quiso saber de su historia y la de sus habitantes. Se imaginó viviendo en ella, paseando por cada rincón de la estancia, oyendo cada sonido de los quehaceres diarios de una casa; abriendo los ventanas al levantarse y dejando paso al frescor de la mañana; regando las flores del patio al medio día; sentada en el salón, bordando al atardecer o mirando las estrellas antes de la media noche.

Imágenes de una familia que posaba en el salón, padres, cuatro hijos varones y una pequeña de dos años, rubita, de pelo rizado, sonriente, de nombre Lola... Qué curioso, sonrió, era tan parecida a ella cuando era niña... Y recordó aquel olor a rosas amarillas, el sabor a tarta de manzana y esa voz infantil.

Lola


miércoles, 21 de marzo de 2012

Y llegó la nieve...

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... aunque no por mucho tiempo, es verdad, pero esta mañana, al abrir la ventana, junto al frío se coló algún que otro copo despistado, mientras los techos de los coches se iban cubriendo de harina blanca. Y yo sentí lo que siempre he sentido cuando ha nevado: una alegría infantil, como cuando estábamos en Coca, como cuando éramos pequeños, despreocupados, felices, y la vida aún era un jardín por explorar, cubierto de rosas sin espinas.


Estación de ferrocarril. Fuenlabrada.

Al marchar hacia la estación, dispuesta a tomar el tren que me llevaría hasta Madrid, me acerqué al borde del aparcamiento para ver si conseguía una mejor perspectiva del campo nevado, pero no se podía tener mejor vista a menos que bajaras hasta el mismo campo y yo no disponía de tiempo para hacerlo. Pobres liebres y perdices... Me los imaginaba acurrucaditos en las hondonadas de los árboles, en los surcos, cubiertos de nieve, tiritando, preguntándose qué estaba ocurriendo si tan sólo dos días atrás lucía el sol y hacía calor.



Tan suave, tan hermosa, tan insólita como esperada: la nieve llegó, ha llegado, a Fuenlabrada.

Ya ves, hermana, me acabo de inventar una frasecita, y otra más. Que no se diga que una no está inspirada esta noche, a pesar de todos los pesares:

En este marzo que ya casi se aleja, la primavera con invierno se estrena y nos festeja.

Mari Carmen


jueves, 15 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Cine


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Ir a ese cine de pueblo, con sus filas de sillas de enea, su gran pantalla de tela, en aquella tarde de domingo, como broche a un fin de semana.

Mis doce años, mi grupo de amigas, esperando a encontrarnos con los chicos y así, en pandilla, como cuando paseábamos por la calle principal, nos dirigíamos hacia allí. Con nuestras pipas, chupachups y regaliz. Una vez sentados, las chicas estaban delante, los chicos detrás. Entre ellos, el que te gustaba, y como eras correpondida, te sentías feliz.

La música animaba antes del comienzo de la película, y si la sesión se retrasaba unos minutos, protestas y silbidos.

Con ese nodo, que nos hacían tragar y a quien nadie interesaba, que intentabamos aguantar entre risas y comentarios. Y por fin, la película, aquella vez, El bueno, el feo y el malo. Sus personajes, sus paisajes del oeste, cabalgando a caballo sobre una tierra, ignorantes de que fuera, tan cercana a la nuestra, Almería. Y entre hombres violentos, muertes y enfrentamientos de los tres personajes, esa melodía que jamás olvidaré. Y no querías que pasara el tiempo, porque te sentías a gusto.

A la salida, solo te quedaba pensar en que al día siguiente tenías que madrugar para ir al instituto, al pueblo de al lado. Comenzaba otra semana, deseando que llegara, de nuevo, el viernes por la tarde.

Lola



martes, 13 de marzo de 2012

Nada como la comida de mamá





Es agradable comer en casa de mis padres. 

Hoy mi madre había hecho cocido, con sus garbanzos, sus habichuelas verdes, su carne de pollo, su jamoncito y su tocino. Todo, una delicia.  

- No hay nada como el tocino añejo de Carteya -me decía. Cuando vaya, voy a traerme un kilo, y jamón pero de paletilla, que hacen un buen caldo. Un caldo blanco.
 
- Cuando hagas otra vez pulpo con patatas cocidas y alioli, avísame, que está buenísimo.
 
- No es pulpo, es pota. El pulpo está carísimo. Me acuerdo cuando mis hermanos traían el pulpo y mi madre lo ponía en una tabla y le daba con una vara para ablandarlo...

 Disfrutando cada cucharada que me llevo a la boca, con mi pan, mojando en el caldito y al final aplastando el tocino con las patatas, y llevándome la mezcla a la boca. Me sabe tan rico... 


Me gustan los guisos. Soy más bien de cuchara que de tenedor y cuchillo.

 Me acuerdo cuando veníamos del instituto, mis hermanos y yo,  y preguntábamos qué había para comer.  

 - Lentejas - decía mi madre. Y se nos quitaban las ganas de comer. Con lo buenas que estaban unas patatas fritas con huevos. 

Este fin de semana, que tengo libre, volveré a comer con ellos. Seguramente podrán venir mis hijos. Compraremos un postre especial y así celebraremos el día del padre, que es el lunes. Y aunque oí decir que habría algo de lluvia, está claro que no aguará mis planes. 

Lola



lunes, 12 de marzo de 2012

El recuerdo de un pueblo blanco

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Hace un día precioso, primaveral.

Es pasado el mediodía, se me caen los ojos de cansancio. Hoy es una de mis jornadas partidas. Me levanté a las seis y media, para entrar a trabajar una hora más tarde, hasta las once. El segundo turno comienza a partir de las cinco y media de la tarde hasta las diez de la noche.


Llego a casa, y Benji, mi perro, ya me esta esperando para que lo saque a dar su paseo.

Una breve visita a casa de mis padres y una agradable conversación con mi madre. Hace tiempo que no voy a Nueva Carteya, el pueblo donde nací. Hablamos de la familia, de mi tía Eladia, de lo alegre que era, siempre cantando. De cuando mis padres se la llevaron a Torregarcía, con doce años, y de los bocadillos de sobrasada riquísima que se comía. 

Hablamos de la edad, de cómo nos conservamos, de la chacha Gloria y del chache Frasquito, de lo arrugados que eran, cuestión de genética, cosa que, afortunadamente, nosotras no hemos heredado. De lo guapo que era mi padre, de lo que se parece ahora a mi abuela Eladia, su madre. También del abuelo de mi padre, Antonio, cuyos últimos seis años de vida los paso en la cama, con una parálisis y ciego. De lo gracioso que era, de los escrupulosa que era su mujer, Manuela...

- Niñaaa... a mí me traes choriso y morsilla...

- Ayy... qué asco, a saber en qué lebrillos lo habrán hecho - decía la abuela, que era muy escrupulosa.
- Anda so asquerosa, que te da asco de to... 

De cuando mi hermana era chiquita y la llamaba el abuelo y le decía:

-Ven aquí niña, dame la manita . Y mi hermana iba a dársela.

De los 20 duros, que en aquel entonces era un dineral, que le dio a mis padres, para que le compraran la cuna.

Después de quedar el martes - que tengo libre - para comer con ellos, regreso a casa.

23:00.  Recuerdo la jornada de trabajo. Cansada pero feliz, tras pasar una tarde agradable entre mis compañeros, José Antonio, Ángeles y Enrique, con los que he compartido sala.

Seguramente, dormiré tranquila. En mi cabeza, una canción, I say a little prayer, de Aretha Franklin, que sale como fondo en no sé qué publicidad en la tele, y la cual me encanta.

Lola





Mi regalo para ti, Lola, y para todos los enamorados.

Mari Carmen

domingo, 11 de marzo de 2012

De las penas y alegrías de la vida diaria

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Termina la jornada de trabajo. Camino a casa, esperando encontrar aparcamiento.

Con un sabor amargo después de saber que las cosas no cambiarán, que no habrá igualdad para todos en los turnos de trabajo, que seguirá el favoritismo, ¿a cambio de qué?, todos lo sabemos. Cambios de turno por necesidad de empresa, un te cambio una mañana a ti para ponerselo a él, y a ti te pongo jornada partida, (que te hace pensar, para qué coño me dan una planilla del mes). Todo esto hace que te enfrentes a tus propios compañeros. Nos manejan a su antojo, creando malestar entre nosotros.

Una voz que te dice, confía, hace que te agarres, de nuevo, al tren de la esperanza, cuando todo lo das por perdido.

Reconforta ver a tus hijos y a tu perro que te reciben con alegría. También la comida de mamá, que todos los sábados cocina para nosotros: Albóndigas en salsa (no hay nadie que las haga como ella), patatas fritas con tomate, revuelto de acelgas con ajitos y tortilla de patatas, conforman el menú de hoy, que te hace olvidar el mal rato por un momento, para deleitarte el paladar.

Sentada en el sofá, escribiendo estas palabras, y ante un taza de té, sonrío, porque la mañana pasó rápida, entre risas, haciendo de celestinas de una compañera. Separada desde hace unos años, ha conocido a un hombre, profesional de medicina, no alto como le gustan a ella, no, un hombre normal. A pesar de ser español tiene un acento argentino por haber trabajado allí muchos años, culto, educado. Hecho para ti, le aseguramos, mientras nos niega riendose. Sacándole todo lujo de detalles, desde qué ropa llevaba, de qué hablaron, dónde fueron, qué comieron y qué le dijo al despedirse en su primera cita y planeándole ya la siguiente.

No solamente compartimos nuestro trabajo, compartimos nuestras vidas. Nos alegramos de nuestras alegrías y lloramos nuestras penas, y todo ello dentro de un mundo donde los recuerdos se fueron borrando, un mundo de vidas perdidas, que nosotras cuidamos para que lo que les quede de existencia, sea lo mas digna posible.

Al llegar esta mañana, tan temprano que nuestros ojos aún recordaban la almohada, nos dijeron que María, una de nuestras abuelas, ya no estaba con nosotros. Hablé de ella, en uno de mis relatos de los jueves. Su bonita sonrisa siempre formará parte de mi vida.

Lola




jueves, 8 de marzo de 2012

Este jueves un relato "Sorpresas"

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Sorprendida, así se sentía. Imaginar que durante todos estos años alguien había estado pensando en ella le resultaba increíble.

Lo conoció casi recién llegada a aquel pueblo, sin haber cumplido los dieciocho. En la discoteca, una canción, Angie, de los Rolling Stones. Alto, delgado, ojos negros, atractivo, se abrió paso entre la gente y le pidió bailar. Tal vez después del baile salieran a tomar algo y hablar, pero pasado unos minutos, ese sentimiento de huir, de no comprometerse, de hasta aquí llegamos.

Y a partir de ahí solo encuentros a distancia, miradas sin cruzar palabras. Siempre esquiva.

Lo intentó otra vez. El sentir como abrazaba su cuerpo, al sonido de la música, se había convertido en su modo de estar con él, y un nuevo sentimiento de ahogo, pero también de culpabilidad, de estar jugando, un ahora te cojo y ahora te dejo.

Cambiado el lugar de residencia, volvió a verlo mientras paseaba por su ciudad.

Por medio de una amiga, logró saber sus señas. Un par de cartas enviadas y una recibida. De la segunda, ya no hubo respuesta.

Y pasó el tiempo.

Tres décadas después, y vía internet, un mensaje.

Fue entonces, a raíz de una enfermedad que le mantuvo de baja en el trabajo, que se dedicó a buscarla.

Casado, con hijos, abuelo de dos preciosos nietos. Trabajando para él, como siempre quiso.

¿Realmente existía el amor a primera vista?

No sé qué me pasó cuando te vi por primera vez. Creo que se pueden contar los días que no me he acordado de ti desde entonces. Muchas veces he pensado tener obsesión pues estuve con otras mujeres y ni me acuerdo de ellas, habiendo tenido más contacto. Ahora, este saber de ti a diario me parece un sueño agradable que te despiertas y quieres quedarte dormido para seguir soñando...

Lola



miércoles, 7 de marzo de 2012

Las muñecas recortables

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Recuerdo aquellas muñecas recortables que casi todas las niñas tenían guardadas en cajas de madera, de metal, junto con los cromos de flores, ángeles, animalitos... Todas las hermanas mayores de mis amiguitas tenían un buen surtido de estas muñecas, supongo que porque no había demasiado de las otras y costaban mucho más baratas. Nos gustaba vestirlas, desvestirlas, y pensar que eran auténticas muñecas de plástico, no simplemente un papel coloreado. 

El tiempo ha pasado y ahora las muñecas recortables han quedado para coleccionistas, pero de colección o no, ¿verdad que son lindas?

Mari Carmen