viernes, 30 de diciembre de 2011

Buenos deseos para el 2012


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 Cena de Navidad. San Fernando. Cádiz

Termina el año y también mi segunda quincena de vacaciones. Mañana, 31, comienzo a trabajar. Estaré de tarde y no me importa, voy con ganas al trabajo, con ganas de ver a mis compañeros y de ver a los abuelos.  

Seguramente será una tarde con mucho trabajo, la afluencia de familiares será grande, pero también serán horas de buenos deseos, de buen trabajo, de compartir esas úlitimas horas haciendo balance del año que se nos va, y contar los grandes propósitos para el que entra. Como todos los años nos dejarán salir antes, para no llegar muy tarde a la cena de Nochevieja. 

Termino el año feliz, descansada, disfrutando con mi familia y de compartir una buena comida, de salir de compras, de pasear, de conocer nuevos amigos, de hacer regalos y de recibirlos, del calor del hogar. 

Puedo decir que salgo del año con ilusión, con ganas de seguir luchando por conservar lo que quiero y lo que tengo, mi familia, mi trabajo, mis amigos; con la esperanza de que mis hijos consigan trabajo y sean felices; con el objetivo de hacer nuevos viajes y conocer otros países.  

Y este es mi deseo para el 2012: salud, trabajo, paz y que no les falte el amor.
 
¡FELIZ AÑO 2012! 

Lola



domingo, 25 de diciembre de 2011

Porque pronto volveré...


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Playa de la Victoria. Mar de la mañana en calma. Olas breves adornadas de encaje blanco que besan la arena fina. Ni una leve brisa que enmarañe el pelo, y en el horizonte quince… quizá veinte barquitas blancas, quietas, reposando sobre el azul intenso, semejando gaviotas ociosas que miran a la costa o hacia un horizonte eterno. Y también palmeras recortándose contra el cielo. Y buganvillas rojas, malvas… Marea baja y flamencos rebuscando en la charca salada. Efluvios de serenidad que atraviesan la epidermis y llegan hasta los huesos, rellenándolos de paz y alegría.

Y después… dunas, y chumberas, y el Puerto de Gallineras. Sol que besa el rostro sin pudor. Sol que anida en mis manos y en mis ojos; susurro de agua y sal que baña las rocas en suave vaivén, como una letanía antigua grabada en el corazón: el de la piedra; el mío. En el pequeño puerto, pescadores mudos mirando el corcho anaranjado que flota sobre ese espejo esmeralda bajo el que nadan peces de plata. Y el corcho sube y baja, sube y baja, pero no hay pescado al otro lado del hilo. Son listos. Parecen decir: me como el gusano, pero tú no me vas a comer a mí.

Plenitud. 
Felicidad. 
Dicha de estar ahí, viva, sintiendo. Sintiendo la vida que me rodea, bajo ese cielo intenso, con tanto azul, arriba y abajo, y tanta belleza clavada en mi retina.

Y otro hermoso momento para guardar en el cofre de mis sueños: anochecer en la bahía de Cádiz. Luces de mi infancia centelleando en la costa de mi memoria: las de entonces, las de ahora. Como un calco donde cada punto brillante encaja sin que sobre ni falte nada. Mar de mi recuerdo; aire que nutre mis pensamientos. Bahía de Cádiz. Para mí, intacta a través del tiempo. 

Mari Carmen



viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Felices Fiestas!

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Lola y yo os deseamos que paséis unas muy felices fiestas y que el año 2012 sea muchísimo mejor que este que está a punto de concluir.

Pasadlo bien y disfrutad de las vacaciones, los que las tengáis - como yo, que hoy las comienzo.



miércoles, 21 de diciembre de 2011

El Ford Mustang


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No entiendo mucho de coches y cojo el mío lo justo para satisfacer mis necesidades, es decir ir al trabajo, a la playa o al mercadillo. El otro día llevamos el coche al taller de Antonio, porque el espejo del retrovisor izquierdo se despegó y se cayó rompiéndose el cristal.


 

Al entrar vimos un coche enorme que llamó mi atención, me fije en la marca, un Ford Mustang, y me recreé en él, capó largo, parte de atrás corta, solo dos puertas, me fijé en su interior, que estaba impecable, y las marchas automáticas.

-¿Cuantos años tiene este coche, Antonio?
-Es de los años 70.
-Es precioso, pero no veas para aparcar este bicho, ¿no?




Realmente era precioso, se notaba su soberanía, todo un clásico, el típico coche americano. No me imaginaba aparcando un coche de casi 5 metros de largo y gastando 25 litros de gasolina cada 100 km.



Antonio me invitó a montarme y hacerme fotos. Lo dudé. Yo en chandal y con esos pelos... Al final accedí. 


Me sentía pequeña en aquel coche, yo que tengo un Kia Picanto. Su interior era enorme y pensé en Thelma y Louise, recorriendo las carreteras hacia Arizona, aunque mas bien por su forma deportiva tendría cabida en alguna pelicula de James Bond.



Ahí estan las fotos, no me dirán que no es una preciosidad...

Lola


domingo, 18 de diciembre de 2011

La Calle Real de San Fernando


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Una cita casi obligada, en estas fiestas navideñas, será salir a pasear acompañada de mi familia, por la Calle Real. Disfrutar de una calle amplia, libre de la circulación de coches, libre de ruidos, sin aceras que limiten tu paso, es toda una gozada para el buen paseante.


Sinceramente, me gusta más ahora que antes. Mientras el tranvía no haga acto de presencia, la Calle Real es para el viandante. 




Vivo cerca de donde comienza y a lo largo de mi recorrido por ella puedo admirar su riqueza histórica con edificios como el Patio Cambiazo, la Iglesia del Carmen, La Alameda, mi bella Casa Lazaga (siempre a la espera de su rehabilitación), La Plaza del Ayuntamiento y La Iglesia Mayor, y aseguro que soy de las que paseo por una calle y voy mirando sus edificios, disfrutando de sus fachadas, de sus balcones.
 


Me gusta su ambiente comercial, sus lugares de ocio. Me gusta verla vestida de fiesta.

Me encanta formar parte de tantos Isleños que disfrutan como yo de pasear por ella, porque son muchos y buenos momentos los vividos. Porque forma parte de mi vida... y yo de la de ella.

Lola


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Este jueves un relato: fotos y cómo surgieron esas fotos.



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¿Que quién me hizo la foto? Yo, con mi móvil.
 
Posiblemente una tarde que me sentía muy bien, una tarde en que vine del gimnasio cansada  pero satisfecha por todo el esfuerzo realizado, y de reirme con las cosas de mi amiga Ana; que tuve una buena jornada de trabajo de mañana; de estar recién duchada y lista para cenar y a punto de ver mi serie favorita de los martes, en Antena 3, como Downton Abbey; feliz por saber que al día siguiente tendría libre y saldría con mi marido a desayunar, a ir de compras; porque me vi guapa en el espejo; porque no me molestaban mis kilos de más; porque a pesar de estar en mis 50 años, me veía con 10 años menos; porque me sentía buena hija, buena madre, buena esposa y buena amante, buena compañera; porque me sentía admirada, querida... 



Y sólo quise plasmar y recordar ese momento de felicidad.

Lola

 Foto-postal de Navidad, cortesía de Mónica (Neogéminis)


lunes, 12 de diciembre de 2011

Como un atardecer

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 Foto: Lola

Con sólo una sonrisa
me alegras la vida,
como los rayos de sol 
entre nubes de tormenta,
como las gotas de lluvia
que golpean mi ventana,
como un atardecer 
dentro de un mar en calma.

Lola


jueves, 8 de diciembre de 2011

Este jueves un relato: Borrachos - as


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Y allí estaba yo con... no recuerdo bien quiénes eran, en una azotea, intentando no caerme por no poder controlar mi cuerpo, deseando que se fuera la guardia civil, rezando para que no subieran y me vieran en ese estado de embriaguez...

Vivíamos en El Bosque, Cádiz, contaba yo con 18 años, y eran las fiestas de San Antonio. Por la mañana había ido con una amiga a Ubrique. No recuerdo que compró ella, pero yo me compré unos zapatos de tacón, preciosos.

Hasta ahora había usado zapato bajo, sandalias en verano y mocasines en invierno, siempre he sido muy alta y tampoco, hasta entonces, es que hubiera salido mucho de fiesta.

Al llegar al pueblo mi vida cambió, teníamos discoteca, lo cual era una buena forma de pasar el fin de semana, y un buen grupo de amigas, que sabían arreglarse. Aprendí a maquillarme, y cambió mi forma de vestir.

Las horas previas a salir forman parte de la diversión: te maquillas, sombra oscura en los párpados, delineado de los ojos, una buena capa de rimmel, polvos, un poco de rubor y un labial. Te vistes, vestido corte imperio y con tirantes, color turquesa, unos pendientes grandes, zapatos de tacón y una nube de perfume, y te sientes tan guapa que quieres comerte el mundo.

Aparte del baile en la plaza, uno de nuestros amigos, Cristobal, con el cual llevaba unos días saliendo, había habilitado dos habitaciones en el piso de arriba de su casa, para poder bailar y beber durante las fiestas con los amigos. Sus padres, que vivían en el piso inferior, no estaban.

El sitio era agradable, íntimo, con buena música, con acceso a una terraza.

Allí comenzamos la noche, música disco para calentar el ambiente, un cubata bien cargado, demasiado cargado diría yo, ¿quien lo había hecho? Pero todo iba bien, me reía, disfrutaba, me sentía bien...

Mi chico me abrazaba, me besaba y tenía que agarrarme porque ya casi no me tenía en pie, no controlaba.

Hasta que dentro de mi mundo irreal alguien vino diciendo que la guardia civil estaba allí, que alguien había dicho que se estaba consumiendo droga.

Yo, la hija del sargento, el comandante de puesto, en un pueblo pequeño, y en este estado...

Sinceramente, no recuerdo como salí de allí.

Lola



domingo, 4 de diciembre de 2011

El té de las Mil y Una Noches

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La tarde era fría y lluviosa. Desde el sofá y bajo una manta, le gustaba mirar como él elaboraba el té en la cocina. 

Encendía el fuego, ponía a hervir agua, echaba una pizca de canela y la estancia se llenaba de este aroma suave e intenso, que le hacía recordar la leyenda de las Mil y Una Noches. 

Después preparaba una especie de huevo metálico y diminuto, le añadía dos cucharaditas de té aromático, lo ponía en el vaso y echaba el agua hirviendo desde una cierta altura, para que formara una leve espuma, se llenara de aire y se realizara la mezcla. 

A continuación, tapaba el vaso unos dos minutos, venía hacia ella y la besaba una y una vez más. De regreso al té, lo destapaba, sacaba el huevo, lo aireaba... 

Ahora, la esencia del té dormía en el vaso.

Y con la taza de té entre las manos, ella lo saboreaba lentamente, disfrutando de cada minuto, convirtiéndose de esta manera en un momento inolvidable.

Lola



jueves, 1 de diciembre de 2011

Este jueves un relato: Mascotas

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Mi periquito, Pipi


Actualmente tenemos en casa cuatro mascotas, dos periquitas preciosas, un hamster que le regalaron a mi hija, llamado Gayumbo, y Benji, nuestro perro, un cruce entre caniche y yorkshire.

Pero hoy no quiero hablar de ellos, hoy os hablaré de Pipi. Se llamaba así, simplemente. Era nuestro periquito. Solo unas pocas palabras para decir lo mucho que aportó a nuestras vidas, y que a pesar de que han pasado los años, aún me duele su ausencia.

Más que un regalo de cumpleaños de nuestra hija, fue un regalo para todos nosotros. De cabecita amarilla y el cuerpo de plumas azules y verdes, formó parte de la familia desde el primer día que llegó a casa. Inteligente, sociable, cariñoso, travieso... así era Pipi.

A lo pocos días de llegar a casa me di cuenta de que imitaba el sonído del teléfono. Me hizo tanta gracia que empecé a repetirle palabras, como el nombre de mi hija, Virginia, o te quiero, o canciones absurdas que yo me inventaba como un chimpún, chimpún, chimpín... o la melodía de la película de El puente sobre el rio kwai, que casualmente vi una tarde de verano. Todo lo que le repetía, lo imitaba. Era tan rápido aprendiendo, que no dejaba de sorprenderme.

No le gustaba quedarse solo, piaba cuando nos íbamos, y nos recibía cariñoso cuando llegábamos, posándose sobre nuestro hombro y acercándonos su piquito a nuestra cara imitando el sonido de un beso.

Uno de sus lugares preferidos era la habitación de mi hija. Mezclarse con los peluches que tenía encima de la cama era un de sus aficiones y, como yo le reñía, al oirme acercarme salía volando de allí, como alma que se lleva el diablo.

Un día se nos fue. Tal vez también él ansiaba la libertad; quiza nos echó de menos y ya no supo cómo volver a casa. No lo sé. Sólo sé que aún puedo oir el sonido de sus pisadas en la mesa o sobre el sofá, sentir su calor al posarse en mi hombro y quedarse dormido, el hacerme cosquillitas con su piquito en mi cuello, su ir y venir y su constante cantinela de: 

-Virginia, Virginia, te quiero, te quiero, chimpún, chimpún... 

Había una canción de Enya, que bailaba conmigo, Caribbean blue. Mientras yo daba vueltas, él volaba alrededor mío feliz, y yo más aún.

Lola