martes, 25 de enero de 2011

Si se pudiera volver...

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Trazos de colores sobre una pizarra que conoció mejores tiempos. Flores marchitas en un jarrón, durmiendo su sueño de polvo azul sobre un armario viejo.
Manchas de tinta en los pupitres.
En los dedos.
Y en los baberos.

Horas de silencio frente a la ventana de un invierno que rugía entre las ramas de aquellos árboles donde anidaba el viento. Viendo esa fotografía, me vienen a la mente tantos buenos momentos...


Niños aplicados, niños serios. Aprendiendo a restar los infortunios, a multiplicar las risas, a dividir el pan y el juego, a sumar el futuro. Tiempo que siempre recordaremos al mirar un mapa colgado en la pared - los ríos, las montañas, las comarcas, las ciudades, Cuenca, Barcelona, Teruel...

Lluvia, nieve, calor, recreos, patios y paseo, las niñas aquí, los niños al otro lado con sus propios juegos, risitas, cuchicheos, creciendo sin querer crecer, termina el almuerzo, date prisa que llegas tarde a la escuela, que ya son las tres...

Escuela de vida y placer.
Ser niño.
Ser niña, otra vez.

Si se pudiera volver...

Mari Carmen

jueves, 13 de enero de 2011

Pueblos Olvidados




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A veces la niebla cubría toda la plazuela, la vieja olma, los bancos desvencijados, la fuente y el camino que llevaba a la ermita, y se acurrucaba sobre la paja seca y la hierba que permanecían amontonados junto a los muros derribados, en espera de ser puestos a resguardo de las tormentas que sacudían el pueblo y sus alrededores, una tarde sí y otra también.


El agua de la pileta, que antaño había servido para abrevar a las bestias y saciar a los hombres, hoy sólo servía para que los pajarillos refrescaran sus plumas y algún perro sarnoso calmara su sed. Unas hojas se movían en su superficie, tristes barquitas ajadas, sin velas ni timón, que no llegarían a puerto alguno, y nubes de algodón se miraban en aquel espejo de agua, con cierta coquetería, antes de seguir su camino hacia las cumbres peladas de los montes del mediodía.

El pueblo, que un día fuera ruidoso y casi siempre anduviera alborotado, había ido quedando silencioso y desierto con el paso de los años. Labradores curtidos, ancianos, pocos, aún se afanaban por taponar las heridas sangrantes de una villa que tiempo atrás estuviera preñada de risas, de fiestas, de campanas al vuelo, de historias, de anhelos... Vano intento, porque en las cocinas de las viejas casonas apenas si ardía ya algún leño, y en los corrales no balaban las ovejas ni los gallos cantaban al amanecer afanosos y contentos.

Poco a poco, el pueblo, aletargado, olvidado, silencioso, se iba muriendo bajo la niebla, los vientos, el frío y las crudas nevadas del invierno...

Mari Carmen

viernes, 7 de enero de 2011

Paseando Por Calles Solitarias

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A veces el cielo tiene misericordia de nosotros y se engalana dispuesto a dejarse cortejar. Sabe cuándo debe ser condescendiente y, olvidándose de su indiferencia, nos muestra su azul más espléndido, su cara más dulce, diríase que hasta se entrega sin condiciones. Y nosotros lo agradecemos infinito porque no hay nada más triste que visitar un lugar nuevo y verlo envuelto en la grisura de un día nublado, desvaído, sin matices. Y es que hay lugares que nos envuelven en su mirada y nos acogen y no quieren dejarnos escapar sin que hayamos exprimido toda su belleza. Como Castrillo de los Polvazares, ese pueblo maragato de calles solitarias, adormecido en su serena hermosura, en su paz.

Hoy cielo y pueblo han confabulado para seducirnos y yo camino despacio, rozando los muros con la punta de los dedos, mirando de tanto en tanto el vuelo de las golondrinas. Me detengo observando cualquier grieta, la madera, unas tejas, la hilera de hormigas que serpentea junto a una brizna de hierba, y siento que en aquella esquina permanecen acurrucados las risas y los recuerdos, y los llantos de tantos y tantos; y en esta ventana se airea el ronroneo de un gato, una canción de cuna, un sollozo desgarrado, una pena de amor, un anhelo callado; y sobre las piedras antiguas y gastadas flota el eco de nuestros susurros, el sonido cálido, que va y viene, de nuestras pisadas.

Hoy el cielo ha cumplido su parte y nos permite, mirando su azul casi blanco en la mañana, que más tarde se volverá rojizo, incluso malva finalizando el día, que podamos sentirnos agradecidos, marchándonos del pueblo con la sensación del deber cumplido, felices, risueños, en plena armonía.


Mari Carmen

miércoles, 5 de enero de 2011

Castaños de Invierno


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Solitarios, en medio de la nada, los castaños tiritaban, ateridos. Sus últimas hojas yacían, ocultas y podridas, bajo una espesa capa de hielo. Hacía días que la nieve los cubría con su manto blanco, helando su corazón y sus raíces. El viento se ensañaba con sus ramas oscuras, sacudiéndolos, queriendo partirlos por la mitad, eliminarlos de aquel paisaje desolado. Los pájaros habían emigrado hacía tiempo, arrebatándoles el placer de un alegre despertar con su multicolor sinfonía. Ni siquiera la aurora tenía misericordia con ellos pues aparecía, jornada tras jornada, vestida de un gris tan sucio que hacía daño a la vista. Invierno, dueño y señor de la llanura, tan sólo les ofrecía un horizonte de angustia, tristeza y ventisca. Sólo las nubes les hacían compañía, enredándose en sus copas, cantándoles su canción de lluvia y desconsuelo, quizá alentándoles en su melancolía, animándoles a imaginar amaneceres más llevaderos, plenos de luz y armonía, pero ellos, para ser sinceros, más que soñar preferían algún que otro rayo de sol que les ayudara a calentar un poco, si quiera un poco, sus troncos húmedos, negruzcos, y mitigar así su muerte lenta, su invernal agonía...

Mari Carmen