
Mari y Loli Polo



Hay días, como estos del mes de diciembre, que el corazón me vuela desaforado y no soy capaz de ponerle coto a sus ligerezas. Campanas me repican de la cabeza a los pies y ni siquiera los fríos, las nieblas o las escarchas que cubren los campos me disuaden de pensar que este mes es el más brillante del año. Tanto brillo tiene que diríase que son varias las estrellas que dejan su hueco en el firmamento para venir a pasear entre nosotros, alegrando mis días y mis noches.
Diciembre es, pues, brillante, y es deslumbrante como la purpurina plateada que recubre mis sueños; tan luminoso como el fuego asombrado que chisporrotea en los ojos de los niños; tan fulgurante como los milagros que no se esperan y nos inundan el alma de lágrimas de alegría.
Diciembre es cálido a pesar del abrazo gélido del viento o de la nieve que muerde nuestra carne y la piel de la tierra. Y es en este mes de la Navidad cuando a mi me gusta sentarme a escribir las cartas que no se escriben durante el resto del año. No hay mucho tiempo para escribir como se hacía no hace tanto tiempo. Las prisas, siempre las prisas, el afán de lo inmediato, nos está privando de recibir hermosas misivas y enviar nuestros pensamientos plasmados en tinta azul, pero nada como abrir un sobre y ver cómo, en forma de palabras, el alma de esa persona querida se nos ofrece, invitándonos a seguirla en los que nos quiera contar de su vida.
Me gusta enviar cartas. Me gusta recibirlas. Tienen un toque mágico, un olor especial, y siempre, siempre, nos hacen sentir más cercana a una hermana, unos padres, una amiga...
Mari Carmen
Había días en que los dioses incluso jugaban con nosotros y nos buscaban igual que nosotros buscábamos las mejores piñas para abrir sus escamas, para arrebatarles su tesoro, los piñones, que allí mismo, a pie del árbol, piedra contra piedra, partíamos, extrayendo su blanco corazón, masticándolo, saboreándolo, como el manjar más extraordinario.

