jueves, 22 de diciembre de 2016

¡Ya era Navidad!



Llegaba diciembre, el mes más bonito del año, la Navidad a la vuelta de la esquina, y el tiempo de engalanar de fiesta el hogar.

La familia sacaba las cajas del altillo, donde permanecían dormidos loa adornos durante un dulce letargo de once meses.

Distribuidas las cajas en el suelo del salón y sentada sobre un cojín, Virginia, se encargaba de adornar el árbol.

Ambientada con villancicos, primero abría la caja del arbolito, que estaba formado de tres partes y que iba colocando, una encima de otra y abriendo sus ramitas hasta darle la forma adecuada. Una vez terminado, el espíritu del árbol, cobraba vida, abría sus ojitos verdes y lleno de felicidad, respiraban hondo y decía "llegó la Navidad". Sólo quedaba esperar a que lo pusieran guapo.

En la caja de las bolitas todo era alboroto. Hablaban sin parar y discutian entre ellas por el lugar que ocuparian este año. Unas querían estar en lo más alto del árbol, otras preferían vistas a la calle, las más cotillas estar de cara al salón, parar observar el día a día de la familia y poder ver la tele. También las había que gustaban estar en lo más bajo, cerca del Belén, que como todos los años, se disponía al pie del árbol.

Las cintas, con sus brillantes colores acicalaban sus pelitos, para estar más hermosas, y se impacientaban por rodear el arbolito.

Las lucecitas de colores agarradas unas a otras, esperaban la prueba de encendido y el visto bueno para volver a llenar la estancia de color.

Y en ese orden, primero las luces, las bolas, las cintas y como broche final, una estrella que brillaba orgullosa en lo más alto del árbol.



Luego estaba el portal de Belén. Dispuesto el suelo y las montañas, el molino junto al río, el puente, el pozo, las casitas y los personajes, todo cobraba vida.

El pastorcillo, volvía a pasear a sus ovejas y soñaba con que otro año le dejaran ser rey mago. Eso de montar en camello y viajar a otros lugares tenía que ser fascinante.

La panadera amasaba el pan, satisfecha de su labor, y se reía del pan que se hacía hoy en día, "que eso no era ni pan , ni nada".

El tendero, arreglaba su puesto de verduras, frutas y legumbres, y sus pensamientos estaban en hacer obra, ampliar su casa y poner una gran tienda, estilo Mercadona.

El leñador regresaba del monte con su carro lleno de leña, deseando venderla y regresar a su casa. Los juanetes de los pies lo estaban matando.

Dos jóvenes pastorcillas lavaban la ropa en el río, ¡que vaya fría que estaba el agua leñe!, mientras hablaban del hijo del lechero, de lo guapo y buen mozo que era, y lo amanerao que les había salido.

La Virgen María, cansada por el peso de su barriga y temiendo una vez más que llegara la hora del parto esperaba a su esposo José, que había ido a arreglar una puerta, que no encajaba, en la casa del molinero, a cambio de un saquito de harina, que llevaría a María para que hiciera rosquitos.

Y a lo lejos, los tres Reyes Magos montados en sus camellos, se acercaban a Belén, se quejaban de la edad y de lo poco que les quedaba para jubilarse.

Las botas de navidad colgadas, con sus respectivos nombres, Ainhoa, Virginia y Enrique. Las velas de Papá Noël, las campanitas doradas en la entrada, y el centro de flores rojas, que adornaban la mesa.

Todo estaba listo.
En casa, ¡ya era Navidad!

Lola

1 comentario:

  1. ¡Qué entrañable, Loli! Lo cierto es que es muy lindo poder adornar la casa. Me ha gustado mucho este relato tan navideño. Virginia está muy guapa :)

    Besos

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