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Apenas cumplidos mis dieciocho, mi padre fué destinado a El Bosque, un pueblo precioso de la sierra de Cadiz. Allí viví durante dos maravillosos años.
Mi espléndida juventud, mis amigas, mis primeros amores, mis primeros tacones, mi primera discoteca oyendo a Adamo, y esos largos paseos en plena naturaleza...
Siempre piensas que las personas que compartieron tu vida en años pasados son parte del recuerdo. Por eso, a veces, te sorprende que después de treinta años, vuelvas a estar en contacto con alguno de ellos. Mi amigo Pedro, por ejemplo.
Pedro es una persona encantadora, que me cuenta cosas de su familia, de su trabajo, de su huerto, de sus animales, de todo lo que ama, de lo que piensa.
Me manda fotos del pueblo, de sus casas, de su río y de sus montes.
Fotos de su familia, de los almendros en flor que están detrás de su casa. De unos huevos que su cuñado encontró en el campo y de los cuales, puestos a una gallina clueca que tiene, nacieron unos preciosos pavitos, cuyas fotos adjunto y no me dirán que no son una preciosidad.
De coger patatas tempranas de su huerto, de preparar la tierra para sembrar más; de sus gallinas y los huevos que le ponen y de sus gallos, de su perro...
Historias y fotos que me enternecen y que me hacen pensar en esa vida tranquila que se vive en un pueblo.
Lola





