miércoles, 17 de marzo de 2010

La Tormenta (VI)

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Bate con fuerza el viento. La lluvia arrecia. Cae la tarde y desde la linterna veo acercarse la tormenta queriendo engullir todo a su paso.

Me viene a la cabeza algo que leí hace mucho tiempo, escrito por alguien pegado a la tierra, compartiendo con ella todo su sufrimiento y alegría. Con él todo su pueblo víctima de la modernidad y del progreso, de la especulación y de la sinrazón más absoluta.

Cuando lo leí pensé, no son tan salvajes después de todo. Comenzaba diciendo, ¿cómo se puede comprar o vender el firmamento? dicha idea nos es desconocida. Fué una carta escrita por un jefe indio, aún hoy, cuando ya su paso por esta tierra es sólo un recuerdo, pienso cuanto de realidad queda en esas palabras.



En eso andaba cuando comenzaron los truenos que iluminarón la habitación. Decidí bajar y aprovisionarme de velas.

La luz se fué e imaginé la vida en este faro cuando la electricidad era nada más que un sueño. Encendí el fuego, la estancia se iluminó, creando sombras del pasado, cálidas.

¿Por qué nos atrae tanto el fuego? ¿Cuantas veces te quedas mirando la débil llama de una vela, o pierdes la noción del tiempo mirando el fuego de una chimenea, quizás porque algo dentro de nosotros nos lleva a pasajes olvidados de grutas perdidas en el tiempo, donde buscábamos cobijo, ante un mundo que se nos antojaba desconocido y salvaje?



Es noche cerrada. Sigue el embite del viento y la lluvia. Oigo el mar chocar contra la roca, sitiéndome diminuto. Imagino esa cueva con figuras ocres que cuentan historias, pintadas con las manos de forma tosca, narradas con voces y ecos olvidados.

Bajo la calidez de la llama, el bramar de la tormenta. Pensé... ¿cuándo dejamos de ver el mundo como lo vieron ellos? ¿Cuál fue el instante en que presa de la velocidad de este tiempo erramos el camino, dejando todo atrás, para pasar a ser tan sólo una sombra, una huella borrada por el viento?

Loli

viernes, 12 de marzo de 2010

Toda la vida trabajando

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Hacia 1670, la ciudad de Florencia realizó un censo de población. Los pliegos minuciosos de ese catálogo ofrecen un dato que, observado desde los estereotipos de nuestra mentalidad, resulta sorprendente: el 73% de las mujeres de más de 12 años trabajaba.

Las mujeres, aunque no en las profesiones prestigiosas y bien remuneradas, han trabajado siempre

Más asombrosa aún parece la lista de oficios que desempeñaban, según consta en ese censo y en otros muchos realizados a lo largo de los siglos en las ciudades europeas: esas trabajadoras no eran sólo criadas, bordadoras o costureras, siguiendo la tradición que asocia a las mujeres a las tareas que emanan del ámbito doméstico.

En el París de finales del XIII, por ejemplo, las mujeres participaban en 86 de las 100 profesiones mencionadas en el famoso Livre des métiers (Libro de los oficios). En el siglo XV, el sector de la construcción de Würtzburg estaba dominado por ellas (2.500 jornaleras de albañilería y carpintería frente a 750 jornaleros), y en otras muchas ciudades era habitual la presencia de muchachas fuertes y vivaces golpeando en las forjas o conduciendo las carretas.



La idea de que las mujeres han permanecido durante toda la historia recluidas en sus casas, cuidando devotamente de sus hijos y maridos y ocupándose de la comida y la limpieza, no deja de ser una visión errónea difundida por los patriarcales historiadores del siglo XIX, partidarios como buenos burgueses del mito del "ángel del hogar". Ese mito, que triunfó como ideal de las clases medias alentadas por el capitalismo, fue mantenido durante décadas por una historiografía de visión limitada, que centró su interés casi en exclusiva en los grupos dominantes, es decir, los poderosos y los ricos, y de entre ellos, preferentemente, los varones.

Por supuesto que las damas privilegiadas no trabajaban: las manos finas y suaves, no alteradas por ninguna actividad que significase esfuerzo, fueron siempre símbolo del esplendor familiar. Pero la inmensa mayoría de la población, a lo largo de los siglos, no ha sido ni rica ni poderosa. Y ahí las mujeres trabajaron siempre, por deseo y costumbre y también por necesidad.




Sabemos que en el campo -donde han vivido la mayor parte de los europeos hasta tiempos recientes-, las mujeres se han esforzado tanto como sus maridos. Pero también en las ciudades han ejercido toda clase de profesiones. En la sociedad pre-industrial, donde la producción se basaba en células familiares, a menudo compartían el oficio con sus padres y esposos. Eran taberneras y hosteleras, buhoneras y vendedoras. Eran artesanas de todo tipo. Costureras y orfebres, sombrereras y zapateras. Hilanderas y tejedoras. Lavanderas y planchadoras. Actrices, cantantes y bailarinas. Curanderas y parteras. Celestinas y prostitutas. Y criadas por millones, formando auténticos ejércitos de niñas y mujeres que nutrieron durante siglos -y aún lo hacen- los escalones más bajos del servicio doméstico.

La Revolución Industrial transformó desde mediados del siglo XIX los modos económicos tanto como la sociedad. Las familias dejaron de ser los núcleos básicos de producción y los centros de trabajo se desplazaron lejos de los hogares, obligando a muchas mujeres a elegir -cuando se podían permitir elegir- entre ganar dinero o quedarse a cuidar de los niños y ancianos. Infinidad de jóvenes y adultas desprotegidas se vieron obligadas a trabajar en peores condiciones que nunca, ocupando los puestos menos remunerados de las oficinas, los grandes almacenes y las fábricas. ¿Acaso no conmemoramos hoy, en el Día de la Mujer, la muerte de 140 trabajadoras a principios del siglo XX, durante el incendio provocado de una fábrica textil de Nueva York? ¿Qué hacían esas mujeres trabajando? ¿Por qué no estaban en sus casas, como muchos historiadores y el tópico tan extendido quieren?




No es cierto, como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida, deslomándose sobre las huertas y en los establos, quedándose ciegas ante los paños que bordaban para otras, despellejándose las manos en el agua helada, deshaciéndoseles la columna bajo el peso de las cestas cargadas de productos de los que ellas nunca gozarían.

Y todo eso, por supuesto, a cambio de mucho menos dinero que los hombres: como ejemplo con validez universal, el de las albañiles de Würtzburg, que ganaban una media de 7,7 peniques, frente a los 11,6 de sus compañeros varones.





Y, a la vez, obligadas a mantenerse alejadas durante siglos de la sabiduría y el poder, de las profesiones prestigiosas y bien remuneradas: el nacimiento a finales del siglo XI de las primeras universidades europeas, controladas a lo largo de mucho tiempo por la siempre misógina Iglesia, empujó sin miramientos a todo el sexo femenino al extrarradio económico e intelectual de la sociedad, condenándolo a ocupar sus rangos ínfimos o a optar por una odiosa dependencia.

Ése es el camino que hemos recorrido, decidida y firmemente, en las últimas décadas, el de la notoriedad profesional. Pero de trabajar, lo que es de trabajar, que no nos hablen, que de eso sabemos mucho desde siempre.

Ángeles Caso, licenciada en Historia del Arte y escritora.

Loli